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Divorcio y niños

Por

Steven D. Blatt

, MD, State University of New York, Upstate Medical University

Última revisión completa nov 2018
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La separación y el divorcio, así como los acontecimientos que los preceden, interrumpen la estabilidad y la previsibilidad que necesitan los niños. Tras la muerte de un miembro directo de la familia, el divorcio es el acontecimiento más angustioso que vive una familia. El hecho de enfrentarse a un cambio tan radical en las circunstancias vitales provoca en los niños un sentimiento de pérdida, así como también ansiedad, ira y tristeza. Los niños sienten temor a ser abandonados o a perder el amor de los padres. De igual modo, por varios motivos, las habilidades parentales suelen empeorar durante el divorcio. Los padres están por lo general preocupados y pueden mostrar hostilidad el uno hacia el otro. Los niños se sienten culpables porque creen que fueron de alguna forma los causantes del divorcio. También pueden sentirse rechazados si los padres los ignoran o los visitan esporádicamente y de manera impredecible.

Etapas de la adaptación

Cuando los padres deciden separarse y luego divorciarse, los miembros de la familia pasan por varias fases de adaptación. Las etapas son

  • Agudas

  • De transición

  • Después del divorcio

En la fase aguda (el periodo en que los padres deciden separarse, incluyendo el tiempo precedente al divorcio), predomina la confusión. Esta etapa puede durar hasta 2 años.

Durante la fase de transición (las semanas anteriores y posteriores al divorcio), el niño se encuentra en un periodo de adaptación a la nueva relación entre los padres, las visitas y la nueva relación con el progenitor que no tiene la custodia.

Después del divorcio (la fase posdivorcio) se debe desarrollar un tipo diferente de estabilidad.

Efectos en los niños

Durante el divorcio, las tareas escolares parecen carentes de importancia para los niños y adolescentes y el rendimiento escolar suele empeorar. Los niños tienen a veces fantasías en las que los padres se vuelven a reconciliar. Los efectos sobre el niño varían de acuerdo a la edad y nivel de desarrollo:

  • Niños de 2 a 5 años de edad: pueden tener dificultades para conciliar el sueño (ver Problemas del sueño en niños), rabietas y ansiedad por separación. El proceso de entrenamiento de los esfínteres suele deteriorarse.

  • Niños de 5 a 12 años de edad: pueden experimentar tristeza, aflicción, ira intensa y temores irracionales (fobias).

  • Adolescentes: acostumbran a sentirse inseguros, solitarios y tristes. Algunos se involucran en actividades de riesgo tales como consumo de drogas y alcohol, sexo, hurtos y violencia. Otros presentan trastornos de la conducta alimentaria, se vuelven desafiantes, faltan a la escuela o se juntan con compañeros que se involucran en actividades de riesgo (ver Introducción a los problemas en los adolescentes).

Ayudar al niño a afrontar el problema

Los niños necesitan poder expresar sus sentimientos a un adulto que los escuche con atención. El asesoramiento proporciona a los niños la atención de un adulto que, a diferencia de los padres, no se sentirá molesto con los sentimientos que expresen.

Los niños se adaptan mejor cuando los padres cooperan el uno con el otro y se concentran en las necesidades del niño. Los padres deben recordar que el divorcio solo rompe su relación como esposos, no su relación como padres de sus hijos. Siempre que sea posible, los padres deben vivir cerca el uno del otro, tratarse respetuosamente entre ellos, sobre todo en presencia del niño, mantener la participación del otro en la vida del niño y considerar los deseos del niño con respecto a las visitas. A los niños de más edad y a los adolescentes se les debe dar mayor participación en los acuerdos sobre su residencia. Los padres nunca deben sugerir que sus hijos tomen partido por uno u otro y deben tratar de no expresar sentimientos negativos acerca del otro progenitor.

Con los niños, los padres deben

  • Comentar los diferentes temas abiertamente, con calma y honestidad

  • Seguir siendo cariñosos

  • Continuar con una disciplina consecuente

  • Mantener las expectativas normales respecto a las labores domésticas y el trabajo escolar

Los padres pueden mantener una comunicación abierta con sus hijos, animándoles a confiar y expresar cómo se sienten. Por ejemplo, si el niño expresa su ira sobre un divorcio, el progenitor puede decir: «Así que te sientes enfadado por el divorcio» o «Háblame más sobre eso». Preguntar cómo se siente el niño también puede animarlo a conversar sobre emociones o temores.

Al hablar de sus propios sentimientos, los padres animan a los niños a reconocer sus temores y sus preocupaciones. Por ejemplo, sobre un divorcio, un padre también puede decir: "Yo también me siento triste por el divorcio, pero también sé que es lo que debemos hacer mamá y papá. Y, aunque ya no sigamos conviviendo, siempre te querremos y cuidaremos de ti. Haciendo esto, los padres pueden hablar de sus propios sentimientos, inspirar confianza y explicar que el divorcio es la elección correcta para ellos. A veces los niños, en particular los menores, necesitan oír el mismo mensaje repetidamente.

La mayoría de los niños recuperan la sensación de seguridad y de apoyo aproximadamente un año después del divorcio si los padres se adaptan y tratan de satisfacer las necesidades de sus hijos.

Efectos de un nuevo matrimonio

Para un niño, un nuevo matrimonio de uno de los progenitores puede crear nuevos conflictos, pero la sensación de estabilidad y permanencia debe restablecerse si se afronta la situación de manera adecuada por parte de todos los adultos involucrados. Algunos niños se sienten desleales por aceptar al nuevo cónyuge.

Cambios en la estructura de la familia

Aunque la mayoría de la gente tiene la imagen de una familia tradicional como un matrimonio entre un hombre y una mujer que tienen hijos biológicos, ya hace muchos años que existen otras. Por ejemplo, una familia puede estar constituida por un único progenitor, una pareja homosexual o incluso adultos sin parentesco que viven y crían a sus hijos juntos.

Los divorcios obligan a muchos niños a pertenecer a familias monoparentales o a familias creadas por adultos que conviven o que se vuelven a casar. Alrededor del 33% de los niños nacen de madres solteras, y alrededor del 10% de los niños nacen de madres adolescentes solteras. Muchos niños son criados por abuelos u otros familiares. Más de 1 millón de niños viven con padres adoptivos (véase Adopción).

Incluso las familias tradicionales han cambiado. A menudo, ambos progenitores trabajan fuera de casa, lo que implica que hay muchos niños que necesitan recibir los cuidados habituales fuera del contexto familiar (véase Cuidado de los niños). Debido a las obligaciones profesionales y académicas, muchas parejas posponen tener un hijo hasta la treintena e incluso pasados los 40 años de edad. El cambio de las expectativas culturales ha dado lugar a un incremento del tiempo que los progenitores masculinos dedican al cuidado de los hijos.

En todas las familias se presentan conflictos, pero las familias sanas son lo suficientemente fuertes como para resolverlos o salir adelante a pesar de ellos. Cualquiera que sea su composición, las familias sanas proporcionan a los niños una sensación de pertenencia y responden a sus necesidades físicas, emocionales, espirituales y de desarrollo. Los miembros de familias sanas expresan emociones y medidas de apoyo entre ellos de forma consistente dentro de sus propias tradiciones culturales y familiares.

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